Sería muy fácil dejar que la IA redefina, sin que nos demos cuenta, lo que significa acompañar a alguien. Que entre por la puerta de la eficiencia y se instale en el centro del proceso.
Después de treinta años sentada frente a líderes, sé que eso no puede pasar. No porque la IA no sea útil (lo es, y mucho) sino porque el coaching es, en su núcleo, un acto humano. La IA puede ser una herramienta extraordinaria, pero es una herramienta más: como el bolígrafo, como la libreta, o como cualquier recurso que facilita o acelera.
Sin embargo, la dirección del proceso, el criterio, la responsabilidad sobre lo que ocurre en esa conversación… eso no se delega.
Y ahí, exactamente ahí, empieza la ética.
Antes de hablar de ética, vale la pena ser precisos sobre de qué estamos hablando. Porque la IA no es una sola cosa, y confundir el todo con la parte es uno de los errores más comunes en este debate.
Hoy, la inteligencia artificial puede ayudar a un coach a preparar mejor una sesión: analizar notas anteriores, detectar patrones en el discurso de un cliente a lo largo del tiempo, sugerir marcos teóricos relevantes o identificar áreas que aún no se han explorado. Puede también apoyar el seguimiento entre sesiones, estructurar informes de progreso o sistematizar aprendizajes de manera más eficiente de lo que permitiría la memoria humana.
Todo eso es valioso. Todo eso tiene sentido. Y todo eso puede mejorar la calidad del acompañamiento, siempre que no reemplace el juicio del coach.
El problema no está en usar la IA. El problema está en usarla sin preguntarse qué implica hacerlo.
Hay una práctica que se está extendiendo sin demasiada reflexión: el uso de herramientas de IA en procesos de coaching sin informar al cliente.
Puede parecer inocuo. Al fin y al cabo, el coach utiliza muchos recursos que el cliente no conoce en detalle: marcos teóricos, modelos de evaluación, lecturas que han configurado su mirada… ¿Por qué habría de ser diferente con la IA?
La diferencia es relevante. Cuando un coach introduce datos de un proceso (notas de sesión, descripciones de situaciones, patrones de comportamiento) en una herramienta de IA, está trasladando información altamente sensible a un sistema externo. Obviamente lo hace con cuidado de no dar nombres ni datos sensibles, pero no deja de ser información que el cliente compartió en un espacio de confianza absoluta, sin saber que saldría de ese espacio.
Eso no es un detalle técnico. Es una cuestión de confianza. Y en coaching, la confianza no es el contexto del proceso: es el proceso mismo.
Hay además un segundo riesgo, más sutil pero igualmente relevante: la ilusión de objetividad. Los modelos de lenguaje devuelven respuestas fluidas, bien construidas, con apariencia de solidez analítica.
Un coach con menos experiencia, o con más prisa, puede dejarse llevar por esa fluidez y sustituir su propio criterio clínico-relacional por la respuesta rápida de un algoritmo. Y eso, en un proceso que trabaja con la complejidad humana, es un error que puede tener consecuencias reales.
No se trata de prohibir el uso de la IA en coaching. Se trata de usarla con los mismos principios que rigen cualquier decisión profesional seria.
Integridad del vínculo relacional. La IA puede ayudarte a llegar mejor preparado a una sesión. No puede reemplazar lo que ocurre en ella. El momento de presencia real (la escucha encarnada, la intuición que nace del contacto, el silencio elegido en el momento justo…) no es procesable. Es irreduciblemente humano. Mantenerlo así no es una postura romántica: es una condición de eficacia.
Responsabilidad interpretativa. La IA propone pero es el coach quien decide, siempre. Ninguna herramienta, por sofisticada que sea, tiene acceso a la historia completa de una persona, a lo que no se dice, a lo que se intuye en la sala. El criterio del coach no es un complemento del análisis de la IA: es su condición de posibilidad.
Hay un espacio en el proceso de coaching que ningún algoritmo puede habitar. No porque la tecnología no sea suficientemente avanzada, sino porque ese espacio está constituido por algo que la tecnología no puede generar: presencia.
La presencia relacional es la capacidad de estar completamente disponible para otra persona. De recibir lo que trae sin filtros, sin agenda, sin el ruido de lo que uno ya sabe o ya espera. Es la condición que hace posible que alguien diga en voz alta algo que nunca se había permitido pensar.
La IA puede analizar lo que se ha dicho. No puede crear el clima en el que algo difícil llega a decirse.
Tampoco puede leer el lenguaje del cuerpo de alguien que se tensa cuando habla de su equipo pero sonríe. No puede detectar la emoción que no tiene nombre todavía. No puede elegir no preguntar porque el momento no es el adecuado.
Esas decisiones, microscópicas, constantes, profundamente humanas, son el corazón del coaching. Y son las que justifican que haya un profesional formado y acreditado en el centro del proceso.
Si mañana un cliente te preguntara exactamente cómo has usado la IA en su proceso, ¿podrías responderle con total transparencia? ¿Y estarías satisfecho con tu propia respuesta?
El debate sobre la IA en coaching no va a resolverse con una lista de buenas prácticas ni con una normativa deontológica más. Va a resolverse (o no) en función de la madurez profesional de quienes ejercen.
Un coach que usa la IA de forma reflexiva, transparente y subordinada a su criterio no está renunciando a la eficiencia. Está demostrando que sabe qué es y qué hace. Que entiende la diferencia entre una herramienta y un proceso. Entre el dato y la persona.
La eficiencia que ofrece la IA es real y bienvenida. Pero la ética no puede ser una variable de ajuste que se activa cuando hay tiempo o cuando alguien pregunta. Es la estructura desde la que se toman todas las decisiones.
Y esa estructura, en última instancia, no la instala ningún modelo de lenguaje. La construye cada coach, cada día, en cada conversación.
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