Un workshop de alcance internacional que comenzó sin introducción teórica, sin agenda visible, simplemente una pregunta:
¿Con qué clima interior entráis hoy a esta sala?
Hubo un silencio. No el silencio incómodo de quien no sabe qué decir. El silencio de quien, por primera vez en mucho tiempo, se detiene a mirar hacia adentro antes de mirar hacia la pizarra.
Ese momento, que duró casi diez segundos, resultó altamente pedagógico. No porque yo hubiera dicho algo extraordinario. Sino porque una pregunta bien hecha hace algo que ninguna explicación puede hacer: obliga a pensar. A estar presente. A conectar con la propia experiencia antes de conectar con el contenido.
El grupo era de docentes universitarios internacionales. Profesores con años de experiencia en el aula procedentes de diferentes países, investigadores, personas con una preparación académica sólida y una vocación pedagógica real. Y, sin embargo, la mayoría reconoció al final de la sesión que no usaban suficientemente la pregunta como herramienta valiosa e intencionada en su docencia.
Eso me lleva al problema de fondo.
La educación universitaria lleva décadas hablando de pensamiento crítico. Aparece en los planes de estudio, en las competencias transversales, en los discursos institucionales sobre formación integral. Todos están de acuerdo en que desarrollar el pensamiento crítico es uno de los grandes objetivos de la universidad del siglo XXI.
El problema no es la falta de intención. Es la falta de herramientas. No se enseña a los docentes a preguntar. La formación pedagógica universitaria se centra en el diseño curricular, la evaluación, las metodologías activas. Todo eso es importante, por supuesto, y debemos mantener esta línea, pero hay algo anterior, más fundamental, que necesitamos trabajar: la calidad de las preguntas que hacemos en el aula.
Preguntar parece fácil. Es lo más natural del mundo. Y precisamente por eso no le ponemos el foco que requiere, no se utiliza de forma consciente, y no se repara en la enorme diferencia que existe entre una pregunta que abre a la reflexión y una pregunta que cierra esta opción.
Esa diferencia, sin embargo, lo cambia todo.
Una de los primeros focos que abordamos en el workshop fue la distinción entre buenas preguntas y preguntas que parecen preguntas pero en realidad no lo son.
¿Lo habéis entendido? No es una pregunta. Es una invitación a asentir.
¿Estáis de acuerdo? Tampoco. Es una petición de validación.
¿Por qué hiciste eso? Esta sí tiene forma de pregunta, pero en coaching (y en el aula) tiende a generar defensividad. El por qué busca justificación, no reflexión.
Las preguntas que realmente activan el pensamiento son abiertas, neutras y orientadas al proceso. Empiezan por qué, cómo, quién, cuándo, dónde, para qué. No anticipan la respuesta. No llevan incorporada la opinión del que pregunta. No buscan confirmar lo que ya se sabe.
Identificamos juntos 16 tipos de preguntas ineficaces que aparecen con una frecuencia alarmante en cualquier contexto de aprendizaje: la pregunta cerrada, la pregunta doble, la pregunta cargada emocionalmente, la pregunta que lleva implícita la respuesta, la pregunta que se hace para llenar el silencio. Reconocerlas fue, para muchos de los docentes, el primer momento de toma de conciencia real.
Porque el problema no es que los docentes planteen esas preguntas por descuido. Es que las hacen sin saber que las están haciendo. Y sin conciencia, no hay cambio posible.
La buena noticia es que preguntar bien se aprende. No es un don natural de ciertos profesores excepcionales. Es una habilidad. Se practica, se afina, se mejora con el tiempo. Como cualquier otra competencia pedagógica.
Sócrates no explicaba. Preguntaba.
Su método, la mayéutica, partía de la convicción de que el conocimiento no se transmite desde fuera hacia dentro, sino que se extrae desde dentro hacia fuera. El papel del maestro no era llenar de contenido la mente del alumno, sino hacer las preguntas que permitieran al alumno descubrir lo que ya, de algún modo, llevaba dentro.
La imagen que usaba era hermosa: él se comparaba con una comadrona, como lo era su madre. No era quien daba a luz. Era quien acompañaba el parto. Al parto de las ideas.
Dos mil quinientos años después, el coaching recoge esa misma tradición y la aplica a los procesos de desarrollo humano. La pregunta poderosa es, en coaching, la herramienta central. No la única, pero sí la más transformadora. Una pregunta bien construida puede cambiar la perspectiva de alguien en cuestión de segundos. Puede abrir una posibilidad que llevaba años cerrada. Puede facilitar ver lo que no había podido explicar.
Hoy, en la era de la inteligencia artificial, aparece un nuevo concepto que está en boca de todos: el prompt engineering. El arte de formular la pregunta correcta para obtener la respuesta más útil de una máquina.
La ironía es notable. Llevamos siglos sabiendo que la calidad de la pregunta determina la calidad del aprendizaje. Ahora lo redescubrimos porque necesitamos preguntarle bien a una pantalla.
En educación y en coaching, esto no es nuevo. Se llama pregunta poderosa. Y lo llevamos practicando mucho antes de que existiera ChatGPT.
Una de las cosas que más valoran los participantes en este tipo de workshops es salir con herramientas reales. No solo con reflexiones, que también son necesarias, sino con marcos concretos que puedan aplicar en su próxima clase.
Trabajamos tres.
Las 6W del coaching
Inspirado en la técnica periodística, este marco propone construir preguntas a partir de seis palabras: What (qué), Who (quién), How (cómo), When (cuándo), Where (dónde) y Why (por qué). La sexta, el por qué, merece una mención especial: en coaching se usa con mucha cautela (o la evitamos directamente) porque puede generar defensividad, y habitualmente se reformula con un para qué para suavizar la carga emocional.
Este marco es sencillo, fácil de recordar y enormemente útil para el docente que quiere diversificar su repertorio de preguntas sin complicarse demasiado al principio.
La Taxonomía de Bloom
Bloom nos recuerda que no todas las preguntas activan el mismo nivel cognitivo. Una pregunta que pide recordar un dato no es lo mismo que una que pide analizar una contradicción o crear una solución nueva.
En el workshop, pedí a los participantes que pensaran en un concepto que enseñan y escribieran seis preguntas: una para cada nivel de la taxonomía. El resultado fue revelador. La mayoría tenían muy desarrolladas las preguntas de los niveles bajos (recordar, comprender) y muy poco entrenadas las de los niveles superiores (analizar, evaluar, crear).
Eso no es casualidad. Es el reflejo de un sistema que históricamente ha premiado la reproducción del conocimiento sobre la generación de conocimiento nuevo.
El Metamodelo del lenguaje
Esta es quizás la herramienta más sofisticada de las tres, y también la más poderosa en contextos de aprendizaje profundo. Parte de una observación fundamental: cuando los estudiantes hablan, simplifican la realidad. Generalizan, omiten información, crean conexiones falsas entre hechos. El Metamodelo propone preguntas precisas para abrir lo que el lenguaje ha cerrado. Cuando un estudiante dice «siempre me equivoco en los exámenes», la respuesta del docente consciente no es dar ánimos ni minimizar. Es preguntar: ¿Siempre? ¿En todos los exámenes? ¿Puedes pensar en uno en que no haya sido así?
Esa pregunta no contradice al estudiante. Lo invita a ampliar su mapa. Y un mapa más amplio siempre abre más posibilidades.
Trabajamos los tres patrones principales del Metamodelo: generalizaciones, omisiones y distorsiones, con ejemplos reales sacados del aula. El ejercicio de identificar el patrón y reformular la pregunta fue uno de los momentos de mayor energía en la sala.
Cada vez que imparto un workshop de este tipo salgo con algo que no tenía antes de entrar. Esta vez me llevo varias cosas.
Me llevo la honestidad del grupo. Hay una valentía particular en los docentes que reconocen que llevan años haciendo algo de una determinada manera y aspiran a abrir nuevas opciones y adquirir más recursos. Esa apertura, cuando aparece, hace posible un aprendizaje real. Y te hace mejor. Así de sencillo.
Me llevo también una certeza que cada experiencia refuerza: la formación del profesorado universitario en competencias de comunicación, escucha y pregunta está infradesarrollada. No porque los docentes no sean buenos profesionales. Sino porque no se invierte suficiente en formarlos en las habilidades relacionales que hacen que el conocimiento llegue con profundidad.
Y me llevo la imagen del final de la sesión. Pedí al grupo que pensara en qué pregunta iba a hacer de manera diferente en su próxima clase. Hubo silencio de nuevo. Pero esta vez era el silencio de quien ya tiene algo concreto entre manos.
Ese silencio es distinto. Es el silencio del que está pensando, no del que no sabe qué decir.
Dice el pedagogo brasileño Paulo Freire que enseñar no es transferir conocimiento, sino crear las posibilidades para su producción o construcción.
La pregunta es, quizás, el instrumento más preciso que tenemos para crear esas posibilidades.
No necesita tecnología. No necesita grandes recursos. Solo necesita que quien pregunta haya decidido, de verdad, escuchar la respuesta.
¿Cuál fue la última pregunta que hiciste en tu aula, o en tu equipo, o en tu conversación de esta mañana, que abrió algo que estaba cerrado?
¿Quieres llevar este workshop a tu institución o empresa?
Escríbeme a obiols@coachingbcn.com o visita www.meritxellobiols.com